Mesa con Historia

Cuando el Cuerpo de Bomberos de Santiago recién cumplía los diecisiete años, allá por 1880, don Wenceslao Espejo Hurtado compró una gran mesa para su hogar. Uno de sus hijos recuerda que la acompañaban unas sillas altas que tenían talladas en su parte superior unas bellotas que sobresalían. Esas figuras llegaban justo al borde de su cabeza y los continuos golpes en ella hicieron que su madre, doña María Isabel, acondicionara un cojín de respaldo para protegerlo. El recuerdo es del entonces, nuestra primera antigüedad, Don Raúl Espejo. Y sigue: la mesa se llenaba de gente. El papá en la cabecera, los tres hermanos en sus puestos, la abuela y las visitas de las tías llenaban las sillas sobrantes.

El tiempo aflojó uno de los nudos en la madera y, quitado éste, servía para “llamar a los espíritus” y que los objetos se movieran misteriosamente mientras uno de los hermanos bajo la mesa introducía sus dedos por el orificio para generar el “milagro”.
Cuando falleció su padre la mesa resultó muy grande para todos. Modificarla o reducirla era un pecado. Raúl resolvió lo que le pareció su mejor destino: regalarla para que su vida útil continuara en su Compañía. Hernán Fuenzalida hijo manejó la camioneta prestada por Tomás Rodríguez y en noviembre de 1987 nuestro Cuartel la vio llegar.
En la cabecera ya no está don Wenceslao. Lo reemplaza nuestro Director quién junto a sus oficiales deciden sobre ella los destinos de la Compañía.